El Impuesto Rosa no viaja ligero: Una carga invisible

Marzo nos invita siempre a reflexionar sobre la equidad. Solemos mirar hacia los salarios o los puestos directivos, pero rara vez miramos hacia los contenedores que cruzan nuestras fronteras. Como entusiastas del comercio exterior, vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿Es la aduana ciega al género?


La respuesta es que no siempre. El famoso “Impuesto Rosa” —ese sobreprecio en productos para mujeres— no nace mágicamente en el estante del supermercado. En muchos casos, se importa. Detrás de ese precio final hay una cadena de costos logísticos, fiscales y regulatorios que, curiosamente, parecen pesar más cuando el destinatario final es una mujer.


1. El mito de la ropa: ¿Por qué mi blusa paga más que su camisa?
Podría parecer absurdo pensar que un sistema aduanero discrimina una prenda, pero sucede por diseño. A nivel global, existe lo que algunos economistas llaman el “arancel de género”.


La ropa de mujer tiende a ser más compleja en su composición (mezclas de telas, adornos, bordados) que la ropa de hombre, que suele ser más estándar y utilitaria. En el lenguaje frío de las aduanas, mayor complejidad suele significar una clasificación arancelaria más alta.


Un estudio de la U.S. International Trade Commission (USITC) ya advertía sobre esto: en muchos mercados, los aranceles para la ropa femenina son, en promedio, más altos que para la masculina. No es que la ley diga “cóbrale más a ella”, es que la ley castiga la sofisticación, y el mercado de consumo femenino es, por definición, más diverso y sofisticado.


2. La “belleza” cuesta… tiempo y trámites
Si nos movemos al pasillo de cuidado personal, la brecha se amplía. Mientras que los productos masculinos suelen comercializarse bajo premisas de funcionalidad básica (jabón, rastrillo, desodorante), los productos femeninos entran en categorías de “cosmética” o “cuidado especializado”.


Aquí entra el verdadero costo oculto: La Regulación.
Importar una crema “anti-edad con serum” requiere permisos sanitarios (COFEPRIS) y normas de etiquetado mucho más estrictas que importar una espuma de afeitar básica. Cada permiso es tiempo. Cada día que una mercancía pasa detenida en la aduana esperando una revisión, paga almacenajes y demoras. Esos costos no los absorbe la empresa; se trasladan al precio final que pagamos nosotras las consumidoras.


3. La trampa de la moda rápida (Fast Fashion)
Vivimos en la era de la inmediatez. Las tendencias de moda femenina cambian en semanas, mientras que la moda masculina es más lenta y atemporal. Esto obliga a las marcas a tomar decisiones logísticas costosas.


Para que esa prenda de tendencia llegue a tiempo a la tienda en México, muchas veces debe viajar en avión, no en barco. El flete aéreo es considerablemente más caro. Estamos pagando por la velocidad. El sistema logístico penaliza la volatilidad de la moda femenina con costos de transporte más altos, creando un círculo vicioso de precios elevados.

 

Radiografía del Costo: ¿Dónde se esconde el sobreprecio?
A continuación, una comparativa simplificada para entender cómo pequeños factores inflan el costo antes de llegar a la tienda.

Exportar Igualdad
El comercio exterior no se trata solo de mover cajas de un país a otro; se trata de mejorar la calidad de vida de las personas.


Si el comercio es el motor del desarrollo, tenemos la responsabilidad de asegurar que ese motor no le cobre un boleto más caro a la mitad de la población. El “Impuesto Rosa” no es solo una estrategia de marketing; es un síntoma de una cadena de suministro que necesita ser repensada con una visión más moderna e inclusiva.


No basta con que las mujeres crucen fronteras; necesitamos que los productos hechos para nosotras las crucen con la misma justicia, facilidad y costo. Al eliminar estas barreras invisibles, no solo estaremos bajando precios, estaremos importando equidad.

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