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La economía mexicana atraviesa un escenario de constantes ajustes en sus principales indicadores, lo que dificulta, a primera vista, comprender con claridad su rumbo. Sin embargo, si algo ha demostrado en este 2025 es resiliencia: un crecimiento débil, pero persistente, que ha sorprendido incluso a los analistas más escépticos.
La incertidumbre arancelaria con Estados Unidos, los conflictos geopolíticos y la volatilidad financiera internacional se han convertido en un muro de contención para muchas economías. Pese a ello, México ha desafiado los pronósticos. El Banco Mundial y el FMI, que anticipaban una contracción de 0.3%, han corregido sus estimaciones hacia un crecimiento positivo de 0.2%. “No es la magnitud, es la dirección”, podrían decir los líderes de negocios familiares, acostumbrados a avanzar con firmeza aun en la adversidad.
El mercado laboral refleja bien esta dualidad. En el primer semestre, el empleo estuvo sostenido por la informalidad, con 1.12 millones de personas incorporándose a este sector frente a la pérdida de 278 mil empleos formales. No obstante, en julio el panorama cambió: el IMSS reportó la incorporación de más de 1.26 millones de empleos formales, en gran parte por el auge de las plataformas digitales. Con ello, la formalidad alcanzó al 47.3% de la población ocupada. Aun así, más de la mitad de los trabajadores mexicanos sigue en la informalidad, un desafío histórico que toca de cerca a los negocios familiares, pues muchos de ellos operan en la frontera entre lo formal y lo informal.
El crecimiento económico también sorprendió. Aunque las actividades primarias y secundarias cayeron 0.7% en el primer semestre, el PIB se expandió 0.9%, impulsado principalmente por el consumo privado. La reducción en importaciones, derivada de tensiones comerciales con Estados Unidos, abrió espacio a los productos nacionales. Aquí los negocios familiares han jugado un papel clave, respondiendo con flexibilidad y creatividad para atender la demanda interna.
La inversión fija bruta alcanzó en 2024 su nivel más alto desde 1981 (24.8% del PIB) y en el primer trimestre de 2025 se mantiene en 23%. Esto refleja que tanto grandes corporativos como empresas familiares continúan apostando por el país. De hecho, muchas familias empresarias, acostumbradas a pensar en generaciones más que en trimestres, han encontrado en la inversión productiva su mejor estrategia de permanencia.
El sector externo también ha mostrado solidez: las exportaciones crecieron 4.4% anual en el primer semestre y las importaciones apenas 0.2%, generando un repunte del empleo en el norte del país, donde se registran tasas históricamente bajas de desempleo (2.7%).
La estabilidad de precios añade un respiro. La inflación se situó en 3.51% en julio, dentro del rango del Banco de México, y los salarios reales siguen al alza. A ello se suma un dato que da confianza a los emprendedores: en 2025 no se han registrado aumentos de impuestos.
La narrativa económica de 2025 revela una reconfiguración territorial del dinamismo productivo. Mientras el norte consolida su vocación exportadora, el centro y sur muestran signos de revitalización interna, impulsados por el consumo local y la reorganización de cadenas. En este entorno, los negocios familiares capitalizan su arraigo comunitario, convirtiéndose en nodos de confianza y abastecimiento. Su cercanía con clientes, procesos adaptables y estructuras ligeras les permite responder con agilidad a los cambios. La digitalización también ha sido clave: cada vez más incorporan soluciones tecnológicas para mejorar su gestión, ampliar canales de venta y fortalecer presencia en redes. Sin embargo, el acceso desigual a infraestructura y capacitación limita su potencial.
Por ello, urge que las políticas públicas incluyan programas específicos para este segmento, con apoyos fiscales, asesoría técnica y financiamiento accesible. La simplificación administrativa y la deducción total de nómina para quienes migren a la formalidad podrían marcar una diferencia estructural. Además, el fortalecimiento del peso y la estabilidad inflacionaria abren una ventana para la planeación financiera de largo plazo. Muchas familias empresarias aprovechan este momento para consolidar patrimonios, diversificar inversiones y formalizar sucesiones. Este giro estratégico protege activos, profesionaliza operaciones y las vuelve más atractivas para alianzas. En tiempos de resiliencia, la visión multigeneracional se convierte en ventaja competitiva al apostar por el legado.
En este contexto, los negocios familiares enfrentan el reto de transformarse sin perder su esencia. Deben profesionalizarse, aumentar su productividad y, sobre todo, apostar por la formalidad como camino de crecimiento sostenible.

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